Texto en español Los sueños de la razón, de Marina (II)

Otro par de notas, ahora que lo he terminado (gran libro; fácil de leer dentro de lo que cabe, aunque creo que todos los libros de teoría política requieren no poco esfuerzo del lector, salvo que sea un apasionado de estos temas, que tampoco es el caso).

Marina insiste mucho en que el hombre tiende a buscar la felicidad. Los obstáculos acaban siendo barridos, una y otra vez... con no pocas desgracias (el hombre evoluciona, lamentablemente, a base de catástrofes). Aquí vuelve sobre ello con metáforas, aunque tanto como esa idea me gusta su alusión a las pequeñas historias diarias, que no salen en los libros de Historia con mayúsculas, y que tanto influyen realmente en lo que es el hombre:

La tiranía es siempre una atadura puesta a un corcel brioso, que no parará hasta que la rompa. El fin de la especie humana es la felicidad como el fin del agua de lluvia es el mar. Tiende a él aunque se agote antes de llegar o la embalsen o quede remansada en charcos o se evapore. Habrá otras lluvias y los embalses se romperán y de los charcos se formarán riachuelos y de los riachuelos corrientes amazónicas. He visto en mis viajes las admirables formas que el viento y el agua esculpen en las rocas. ¿Va a ser la inteligencia humana menos poderosa que esas fuerzas ciegas? Día a día, en las casas, los mercados, los campos, las escuelas, gentes mínimas o grandiosas han ido alumbrando con denuedo formas de vida, instituciones, normas, proyectos. Una y otra vez los hombres han visto sus esperanzas truncadas por la ferocidad, ajena o propia, pero a la postre, a veces in articulo mortis, han retomado el rumbo, por la cuenta que les tiene.
La educación y la libertad:
Fue el aumento de nacimientos lo primero que nos demostró que las cosas iban bien. En todas las haciendas se quejaban de que las esclavas abortaban. No querían tener niños esclavos. En El Progreso todos los niños nacían provisionalmente libres, y alcanzaban la libertad definitiva cuando aprendían a leer y a escribir. Lo hicimos así porque, como buenos ilustrados, queríamos que nuestros ciudadanos relacionaran la idea de libertad con la idea de educación. Un niño sin educación continuaba siendo un esclavo, aunque la ley dijera lo contrario. Eso ha pasado siempre y en todas partes, incluso en las naciones donde en teoría no hay esclavitud.
Además de los dos principios motores del hombre (el placer y la grandeza) Marina establece otros pares importantes, frecuentemente dilemas:
Me pareció que había dos formas de vivir, cada una con una lógica diferente. [...] Voy a llamar a uno "el modo natural de vivir". Su lógica es la lógica natural: el miedo, la fuerza, el rechazo de los débiles o enfermos, la ausencia de piedad, el sálvese quien pueda. El otro es "el modo ético de vivir", el de la ciudad justa, que tiene una lógica contraria al anterior: defiende del miedo, protege contra la fuerza, acoge a los débiles y enfermos, siente compasión, y colabora a que los demás se salven. [...] Hay que decidir en qué mundo se quiere vivir. Es muy difícil mantener un pie en cada uno. [...] Lo malo es que vivimos momentos de tránsito, en los que no estamos tranquilos en la selva, pero aún no hemos alcanzado la ciudad justa. [...] Por eso no se puede argüir al que impone la fuerza, salvo diciéndole que así nos arrastra a todos a la selva una vez más.
Esto está en conexión, creo yo, con el bienestar a corto plazo, el beneficio rápido (que es "ley natural"), frente a pensar en los demás, en el mañana (que es "ley ética"). Los que viven en "el mundo real" (al que entienden como la selva) desprecian a esos idealistas que creen que con la ética se protege uno de los atracadores o se evita el 11-S. Pero yo creo que es sólo un problema de plazos, de visión... Yo creo que si uno es inteligentemente egoísta, debería ser bueno, solidario, compasivo, ecologista. (Si nunca hubiera habido tortura alguna en España, ¿habría durado ETA más, o menos? ¿Habría habido más muertos, o menos?) Por supuesto, el argumento del futuro también se ha utilizado tétricamente en sentido contrario, utilizando temporalmente la ley natural (la fuerza) a fin de establecer a largo plazo la ley ética (y esa fue la precipitación en que incurrió la Revolución Francesa con el período del Terror): "sacrificar la generación actual por el bien de las generaciones futuras", o antes incluso la asamblea, "sacrificar a medio millón de esclavos por el bien de veintisiete millones de franceses". Pero a esto cabe oponer lo que decía Condorcet sobre la engañosa apariencia de utilidad:
[...] Condorcet representa la versión optimista: "Es un grave error -escribe- creer que la utilidad común no se encuentra unida constantemente al respeto por los derechos de los individuos, y que la salvación pública pueda ordenar verdaderas injusticias. Por el contrario, en toda medida propuesta como útil es preciso examinar en primer lugar si es justa. Si no lo es, es preciso concluir que sólo tenía una vana y engañosa apariencia de utilidad" (25 de octubre de 1791, Archives Parlamentaries, vol. 34, p. 395).
En fin, no es fácil arreglar el mundo.